
Me sorprendo yo misma viendo que escribo según que cosas, es muy guarro!! jaja! y a la vez TAN ñoño!!
En fin, aquí tenéis la 27 entrega, del capítulo 2, y deciros que ya le queda poco al capítulo dos, oooohh!!!
Pasaron unos días, había aprendido mucho más de defensa (y ataque) personal y mi muñeca empezaba a ser la misma de siempre. De eso podía dar fe Lukas, me encantaba masturbarle, ponerme entre sus piernas, de rodillas, mientras él veía la tele por ejemplo, llenar mis manos de aceite corporal y darle placer sin tregua. Miento, alguna tregua pequeñita, para verle sufrir. Me gustaba ver como su polla resbalaba entre mis dedos, como jugaba con ella, como le daba placer, como la estudiaba despacito, jugando con mi dedo índice en su frenillo… y porque tenía las manos llenas de aceite, porque me encantaría darle un chupetón a cualquier tipo de fluido que Lukas me quisiera regalar. Me ponía tan cachonda verle disfrutar, que lamería mis dedos golosa sabiendo que he provocado toda esa respuesta de placer.
Al final decidimos pasar unos días en Barcelona, para desconectar, como turistas, en un hotel. Lo cierto es que nos lo pasamos genial, conocimos las fiestas de un par de barrios, fuimos a un par de musicales y un concierto, visitamos museos, bibliotecas, universidades, el zoo, … unos días laaaargos y agotadores.
Me encantaba cuando, en el metro, si había poca gente, y nos quedábamos de pie porque el viaje era corto, me pasaba el brazo que tenía libre por la cintura y nos besábamos, mientras nuestros cuerpos se rozaban con el movimiento del vagón.
Llegábamos bastante cansados al hotel, una ducha compartida, donde no sólo resbalaba el agua y el jabón por la piel, sino también besos y caricias.
El último día nos lo íbamos a tomar con más calma, por la mañana dar un último paseo por la orilla de la playa, para eso tuvimos que madrugar un poco. No tardó el recepcionista en llamar al teléfono de la habitación. Estaba hecha un ovillo, utilizando el vientre de Lukas como almohada, mientras lo rodeaba con un brazo.
- Peque, es hora de ponerse en marcha – dijo mientras me acariciaba el pelo.
- Mmmm, sí, sí ya lo he oído.
- ¿Tienes ganas de volver?
- ¿Sinceramente?
- No me contestes, ¡jajaja!
- Es que aquí me lo he pasado muy bien.
- Me alegro mucho. ¿Tienes hambre? ¿Bajamos o pedimos que nos suban el desayuno?
- Mejor aquí arriba, no perderemos tanto el tiempo, ¿no? – los otros días, tan pronto desayunábamos, tomábamos la calle.
- Vale, voy a llamar.
- Vale – dije tumbándome bocarriba y sentándome en la cama. Llevaba sólo un camisón corto, lencería fina, los tirantes se cruzaban en mi espalda, me miré en el espejo del armario mientras acariciaba mis hombros, bostezaba y me peinaba un poco el flequillo.
- Estás preciosa – me dijo obligándome a tumbarme de nuevo, para empezar a besarme lentamente.
Me encantaba verlo con ese toque desaliñado, su barba de dos días, sus manos grandes subiéndome el camisón poco a poco, por mis caderas, para quedarse en mi cintura. Los besos y las caricias iban cada vez a más, hasta que llamaron a la puerta.
- Mala idea hemos tenido – me susurró mirándose, estaba empalmado bajo el pantalón del pijama, menudo cante.
- Salgo yo, venga.
- Aaaagh, bueeeno.
Mientras corría a la puerta me puse una sudadera de Lukas por encima, me venía grande y me iba más larga que el camisón, solucionado.
- Bon dia, servei d’habitacions, els hi porto l’esmorzar (Buenos días, servicio de habitaciones, les traigo el desayuno) – dijo un chico.
- Sí – mirándole a los ojos – que rápidos habéis sido – le dije en castellano, así le forzaba a responderme en el mismo idioma, Lukas no lo entendía.
- Se la meto, digooo, le dejo la bandeja en la habitación con el carrito.
- Sí – dije sonriendo – por favor – lo hizo y se fue – se ha puesto nervioso el chico, si es que no os puedo mirar a los ojos caéis fulminados a mis pies, anda que si se llega a enterar que debajo no llevo ropa interior.
- Le da un paro cardiaco, ¡jajaja! Venga, vamos al tema ¡qué tengo un hambre!
Desayunamos y sacrificamos el paseíto por la playa, era mejor invertir ese tiempo en el camino de vuelta. Cerramos las maletas, nos montamos en el Audi y nos despedimos de Barcelona, yo con bastante pena.
Era mala “copilota”, en el momento que me montaba en el coche, me quedaba dormida a los pocos minutos. Además, llevaba el coche un gran conductor, podía estar tranquila, y las vacaciones habían sido agotadoras, todos los puntos para quedarme dormida en segundos. En un par de horas de camino, paró en una gasolinera, quería estirar las piernas, yo también, ir al baño y con la excusa de comprar agua fresca, me llevaba también unas chuches y un poco de chocolate. Conseguir fondos para mis fechorías, era fácil, en un momento que estuviéramos un poco escondidos, metía las manos dentro de los bolsillos de los tejanos de Lukas, él evidentemente se dejaba, y sacaba unas monedas.
- Haces conmigo lo que quieres.
- ¿Sí? ¡Qué lástima! A mí que me gustaría que fuera al revés – le dije mientras contaba lo que había sacado.
- Uy uy, eso me lo tienes que contar…
- Luego, luego – dije haciéndome la interesante, sin ni siquiera mirarle.
Nos montamos de nuevo en el coche, me ajusté mejor el asiento, me lo había puesto todo lo atrás posible para poder estirar las piernas. Me ajusté el cinturón de seguridad y me puse cacao en los labios.
- ¿Tienes hambre? – le pregunté.
- ¿Qué has traído?
- Pues no he encontrado los tubitos esos de nocilla que te gustan.
- ¡Qué láaastima!! ¿Entonces?
- No estoy muy puesta y hay mil marcas, no sabía cual coger, al final he cogido kitkat… ¿te lo pelo?
- ¿Que si me pelas el que?
- El kitkat.
- Y yo que me había hecho ilusiones ya!! Venga, pélamelo,… golosina suertuda.
- Toma – dije poniéndole media barrita en sus preciosos labios, engulló de un golpe.
- ¡Qué tragón!! Espera, te doy una barrita entera – dije mientras sujetaba mi pedacito entre los labios y partía otro trocito, sujetándolo todo sobre mis rodillas juntas – toma.
- Gracias – me dijo al morderlo y coger el otro pedazo con la mano – en la gasolinera hemos quedado en algo… ¿recuerdas?
- ¡Ah si! Espera que te devuelvo el cambio.
- Buen intento de despiste.
- Jaja, pues si, lo que decía en la gasolinera, es que, ahora, que estoy volviendo a lo más parecido a la vida que tenía antes, hecho de menos algunas cosas.
- ¿La vida de cuando eras poli? – dijo sin quitar la vista de la carretera.
- Sí – le respondí.
- Cuéntame.
- Me gustaría encontrar un punto medio, poder canalizar el miedo que sentía cuando Ramón me entregó en el bosque, como me mirabas, uf, a veces me he acordado y si me miraras igual otra vez. Estaba demasiado asustada, si todo eso hubiera sido parte de un juego… no sé, me ponen cachonda las emociones fuertes, como me pone cachonda ser una fierecilla y que de alguna forma me “domen”, pero eso si, antes revolverme mucho y luego reconocer mi derrota. Aunque también me pone otra cosa…
- Dime.
- Jugar a ser tu esclava sexual, que me folles cuando quieras sin pedir permiso, uf! y me gustaría decirte tacos, incluso, pero no sé si te gustaría oírlos.
- Vale, vale, me estoy poniendo cachondo por momentos… ¿tacos? Jaja, ¿esa dulce boquita diciendo palabras feas porque no se puede controlar? Me encantaría escucharlos, entonces verías lo que es bueno. Oye, ¿aún tienes el uniforme de poli verdad? – dijo mirándome un segundo.
- Sí, está en tu casa.
- ¿Nuestra casa has dicho?… no me lo hubiera imaginado nunca, un uniforme de poli en casa y yo colgado de la propietaria.
- Jajajaja!!
Sonó el teléfono en ese instante, era Pedro, preguntando si ya volvíamos, si nos lo habíamos pasado bien y todo eso, y que ya era hora de volver al tajo. También comentó que había una misión para mi, me quedé bastante sorprendida, ¿una misión? ¿Para mí? Dijo que era algo sencillito y que me ayudaría a limpiar mi “mala” imagen como poli, que estuviera tranquila que era requisar una información, algo sencillo. Luego le comentó a Lukas, sitios que no conocía y él asentía, que tenía que conseguir unos documentos, copiar una parte y hacer un cambiado de la otra.
El viaje transcurrió sin más, llegamos pasadas unas horas, después de hacer un alto para comer. Al llegar, deshicimos maletas y dormimos un rato, por la tarde me iban a contar un poco más de esa ‘pequeña’ misión. Estaba un poco inquieta.
Al llegar a casa de Pedro, allí estaban Mara y algunos más. Le pregunté a Mara como estaba de lo suyo y me dijo que muchísimo mejor, ya recuperada. Nos sentamos alrededor de una enorme mesa y allí Pedro sacó unos planos. Se supone que tenía que conseguir una documentación de una asesoría, situada en el centro de la ciudad, en un edificio de oficinas. No había mucho tiempo para prepararlo, iba a ser… aquella misma noche! Lukas me preguntó si estaba dispuesta a hacerlo, que no me sintiera presionada, que habría más oportunidades si creía que aún no estaba preparada. Sino, lo haría Mara, las dos teníamos un cuerpo menudito y flexible, fácil para colarnos entre la infraestructura del edificio. De todos modos, ellos se quedarían abajo controlándolo todo. Confiaba en Lukas, me armé de valor y dije que sí.
- ¡Genial! – dijo Pedro.
- Va a ser muy sencillo, ya lo verás – me dijo Mara.
Me estuvieron explicando, Mara me buscó ropa cómoda. Era ropa de punto ajustada al cuerpo, que evidenciaba mi cuerpo femenino, y unas gafas, que me taparan los ojos, por si había cámaras de seguridad y para protegerlos, iba a meterme por el hueco del ascensor y era posible que cayera suciedad y cosas de esas. También me dieron un pequeño aparatito bluetooth que se ponía en la oreja y llevaba también un micro, así estaría comunicada en todo momento. En la cintura, sobre las caderas un cinturón con varias herramientas que posiblemente necesitaría, más la pistola, por si la cosa se pusiera mal, que pudiera defenderme.
Llegamos con una furgoneta negra, de madrugada, estaba bastante nerviosa, aunque lo disimulaba muy bien. Entramos por la puerta trasera, que daba a un pequeño callejón muy poco transitado. Había gente controlando la puerta, otros la furgoneta, otros el callejón. Lukas, Pedro y Mara entraron conmigo. Mara encañonó al seguridad sin contemplaciones que se tumbó en el suelo con las manos en la cabeza sin que ella tuviera que decir nada. Pedro se fue hacia el vigilante del edificio, el que controlaba todo detrás del mostrador. Intentó salir corriendo al vernos, pero Pedro y Lukas lo alcanzaron y lo devolvieron esposado a su puesto de trabajo. Allí Pedro le preguntó si quedaba alguien en el edificio. El seguridad dijo que no, que sólo estaban ellos dos.
- Desactiva las alarmas del 3er piso – le ordenó Lukas.
- No puedo, en ese piso se activan electrónicamente solas cada noche y se desactivan por la mañana, son cosas de la empresa que ocupa esas oficinas, desde aquí no puedo hacer nada.
- ¡Mierda! ¡Me lo imaginaba!
- Vine con 3 hace unos días, sólo tienen alarma en ciertas oficinas, en otras no – hablaban con números para no dar nombres, 3 era Jorán.
- ¿Seguimos el plan entonces para este caso?
- Sí, es lo mejor – contestó Pedro.
- Bien – dijo Lukas girándose a mi y ciñéndome más el cinturón – tienes que subir, por el hueco del ascensor, por la escalera de emergencia, hasta el piso 4arto. Vale y allí…
- Allí tendrás que buscar el baño – continuó Pedro, mientras con esparadrapo me tapaba las yemas, llevaba unos guantes de piel con los dedos libres – hay una trampilla de emergencia dentro del cuarto de limpieza, por ahí podrás bajar al 3ero y buscar la oficina de Ceballos, el resto como hemos hablado, ¿ok?
- Ok – dije mientras me ajustaba el auricular, iba unido con un cable a una especie de collar ceñido en el cuello, por si se me caía, no perderlo, Pedro se puso otro.
- No, no, el auricular dámelo a mi – dijo Lukas.
- Vale, no hay problema.
- ¿Estás preparada? – me preguntó Lukas.
- Sí.
- Pues vamos.
El ascensor estaba en la planta baja, Lukas me dijo que utilizara sus manos como escalón para poder auparme, le dije que subiría mejor yo por su espalda, que tenía práctica, que el sólo tuviera las rodillas levemente flexionadas, el cuerpo firme y que cuando pusiera la rodilla en su hombro, que me alargara la mano, para tener un apoyo. No entendía muy bien lo que le decía, pero me hizo caso, y así conseguí subir, cogiéndome a sus hombros y subiendo por su espalda, al poner la rodilla en su hombro me alargó la mano, pude ponerme en pie y levantar el techo falso del ascensor, cogerme a los lados y terminar de subir, quedando sentada por fuera del ascensor, en el techo.
Le levanté el pulgar indicándole que todo iba bien y desparecí de su vista. Comencé a subir las escaleras, contando los pisos, estaba todo muy sucio. Subí lo más aprisa posible, estaba en el cuarto y abrí las puertas del ascensor por dentro, dándole a la palanca de emergencia.
Localicé el baño y el cuartito de la limpieza. Pero, ¡la trampilla era diminuta!! Busqué por todas partes, por si acaso esa no era, pero no había duda. Se lo dije a Lukas, que lo iba a intentar pero que no sabía si iba a poder o si me iba a quedar estancada allí mismo. Metí las piernas, y haciendo fuerza con los brazos y las manos apoyadas en el suelo, comencé a bajar lentamente, pasar los brazos era lo más difícil, porque eran los que me sujetaban. Me agarré al filo, mientras con el codo hacía fuerza para no caer, pero me resbalé y me caí al suelo, fue más aparatoso que otra cosa, no me hice nada. Así se lo dije a Lukas, que estuviera tranquilo, se asustó al oír el golpe y mi quejido posterior. Lo demás fue fácil, estaban los documentos a la vista, me los puse a la espalda, suerte que estaban protegidos, estaba empapada de sudor por los nervios, entre el suéter y una camisetita, bien sujetos y cambié los que debía cambiar, también saqué fotocopias de otros. Salí de la misma forma que había entrado, subiéndome al carrito de la limpieza. Cerré la trampilla y volví al ascensor, accioné la palanca y cerré las puertas. Había comenzado a descender cuando oí movimiento, era el ascensor que subía.
- Lukas, Lukas, el ascensor sube – pasaba a escasos milímetros de la escalera, me iba a llevar por delante.
- ¡Mierda!! ¿Dónde estás? ¿En el hueco? ¡Sal de ahí!
- No puedo, he bajado mucho y cerrado la puerta.
- ¿Pero no decías que no quedaba nadie? – dijo Pedro sacudiendo al seguridad.
- Yo… yo estaba seguro que no – dijo el seguridad con la voz temblorosa.
- Para el ascensor, ¡páralo!! – gritó Lukas – … – se quedó helado cuando oyó un grito y el ascensor pasar, por el auricular y luego como se detenía. Se fue corriendo con Pedro, abrieron la puerta, pasaron unos segundos que se hicieron eternos.
- Lukas… ¿me oyes? – le dije al micro.
- ¿Dónde estás? – me respondió muy alterado.
- Me he podido meter tras la escalera, pero al pasar el ascensor… no lo sé, no puedo moverme.
- ¿Pero puedes bajar? ¿Tengo que subir a por ti?
- Espera, voy a intentar bajar – volví a ponerme bien, estaba espachurrada entre la escalera y la pared. Me cogí a los laterales de la escalera y puse el puente del pie en un lateral, solté el otro pie y conseguí resbalar hacia abajo, hasta que se me acabaron las escaleras, a dos metros del suelo, que me solté y Lukas me cogió al vuelo.
- Muy bien, ya te tengo campeona – me dejó en el suelo, yo me sujetaba el muslo – déjame ver.
- ¿Me he cortado, verdad? He perdido las gafas – me quité el auricular y se lo di, como si me agobiara todo.
- Sí, tienes algo clavado. Es un trozo de metal pequeño. Por las gafas no te preocupes. ¿Te duele?
- No.
- Está demasiado nerviosa – dijo Pedro mirándome a los ojos – en el piso se lo saco y le doy puntos. ¿Tienes los documentos?
- Sí – dudé un instante, me ayudaron a sacármelos de la espalda.
- Venga, nos vamos ya – dijo Pedro.
Me cogí al hombro de Lukas para poder caminar a pata coja, pero él prefirió llevarme a en brazos, a horcajadas por delante de él, cogiendo mis nalgas y mi espalda, mientras yo rodeaba con mis brazos su cuello.
Llegamos al piso. Comencé a reaccionar poco a poco, a asimilar lo ocurrido, Lukas me abrazaba, estaba sentada sobre sus rodillas esperando a que Pedro esterilizara el material. Mara fue a comprar una antitetánica, ni recordaba cuando me la pusieron por última vez. Me senté en una silla, Pedro se me puso delante y puso mi pierna sobre las suyas.
- Te voy a anestesiar un poco la zona primero – me dijo mientras me cortaba la ropa y me inyectaba algo a los lados del corte, no tenía más de 5 cm, me dio 5 minutos y empezó a tirar del trozo de metal – si es muy profundo tendrán que hacerte pruebas.
Me dolía mucho y eso que me había ‘anestesiado’. Cerré los puños a los lados de la silla donde estaba sentada, clavando las uñas. No era demasiado profundo, empezó a salir sangre y Pedro presionó con unas gasas.
- Ya está, 4 puntitos calculo y como nueva – a la vez que tiraba agua oxigenada dentro de la herida. Lukas secaba lo que caía a los lados del muslo con una toalla.
Me dolieron menos los puntos, miraba atenta como Pedro trabajaba. Me puso una gasa con esparadrapo y, recogiendo las cosas, se fue a limpiarlas y guardarlas.
- Lo has hecho muy bien – me dijo Lukas, mientras rozaba con su dedo índice, el filo de mi flequillo – estoy muy orgulloso.
- Gracias, pero no ha sido para tanto – le respondí sonriendo – Siento que me pesan mucho los brazos y las piernas.
- Es normal, mucha tensión acumulada. Vas a dormir muy plana esta noche.
- Sí, creo que sí.
Al llegar a casa, compartimos la ducha. Lukas había fotocopiado los documentos y, después de la cena, me tumbé en la cama para ver la tele y él se quedó sentado con la luz de su mesita leyendo los documentos. No sé cuando me quedé dormida.
Dormí por lo menos 10 horas del tirón. Cuando me levanté, Lukas estaba sentado frente a su despacho. Había dormido con una sudadera suya.
- ¿Cómo has dormido? No he querido despertarte antes, esta mañana no había plan ninguno y anoche estabas muy cansada.
- Has hecho bien.
- ¿Cómo estás?
- Bien, bien, genial, he dormido muy bien.
- ¿Y el muslo?
- Perfectamente – le dije sonriendo – me lo curaré después de desayunar, estoy hambrienta. Que forma más fuerte de empezar tras las vacaciones, ¿eh? – le dije mientras bajábamos las escaleras.
Al terminar de desayunar, recogimos la mesa, me puse a llenar las tazas con agua y limpiarlas un poco antes de meterlas en el lavavajillas. Entonces, sin preliminar ni calentamiento alguno, se tiró a besar mi cuello, mientras ponía las manos en mis caderas, subiendo lentamente hasta la cintura, no llevaba nada debajo de su sudadera.
- ¿No me dijiste que te gustaba sentirte usada? No he dejado de pensar en ello un instante – me susurró al oído.
- Sí – respondí en un susurro.
- Aún no me ha bajado la erección mañanera – me volvió a susurrar, mientras ponía mis manos sobre la encimera, cogía mi cintura y me obligaba a sacar un poco el culo y sin preguntar me la metía de un golpe.
- Ah! – gemí.
No me dijo nada más, comenzó a moverse. Junté levemente las rodillas al sentirle, mientras sacaba más el culito. Le miraba, reflejado en las baldosas de la cocina, estaba con los ojos cerrados, disfrutando, se pensaba que no le veía. Me ponía cachonda ver como “abusaba” de mí.
Tiró más de mi cintura, apartándome más de la encimera. Puse un codo sobre ella y mi mejilla sobre el brazo, sintiendo sus embestidas. Me ponía levemente de puntillas, descalza, para que llegara mejor. Estaba muy excitado, masturbaba mi clítoris despacio, magreándolo con sus dedos. La cadencia de sus gemidos fue en aumento. Sentía su polla, entrando y saliendo, ya estaba más mojada. Esa era la única evidencia de que me estaba gustando, no había gemido más que al sentirle por primera vez, me hacía la dura, era parte del juego. Sólo se oían sus resoplidos y los míos cuando intentaba amortiguar sus duras embestidas.
Comenzó a gemir, más fuerte, metiéndomela un poco ladeándose y contorsionándose, mientras sujetaba mis caderas con fuerza.
- Venga, ¡córrete hijo de puta!! Córrete dentro – le grité.
Fue lo que necesitaba, el último estímulo para correrse.
- Muy bien, muy bien – cerré los ojos, concentrada en sentirle, en sentir como me llenaba, como estaba empapada y resbalaba con más facilidad.
Al terminar salió de mí, no me había dado tiempo de correrme. Se sentó en una de las sillas de la cocina. Entonces, me di la vuelta, me senté delante de él en otra silla, y puse un pie sobre su rodilla.
- Me encantará correrme sabiendo que me acabas de dejar todo tu corrido dentro – dije justo antes de empezar a masturbarme, cerrando los ojos, moviéndome para él.
Comencé a temblar, a acumular tensión, hasta que el orgasmo sacudió todo mi cuerpo. Me llevé la mano libre también al clítoris, haciendo más presión. Puse el pie entonces en mi misma silla, con la rodilla en el pecho, intentando juntar los muslos todo lo posible. Al terminar, me quedé un rato con los ojos cerrados, jadeando. Hasta que los abrí, y me encontré a Lukas, sonriendo, esperándome, feliz y satisfecho.


